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Mostrando las entradas etiquetadas como microrrelatos

Una buena lección

Foto de Carles Solís Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.   Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas y   de mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí   una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Cumpleaños

¡Cuánto tardan! pensaba Felisa, sentada a una mesa que habían instalado, con todo lujo de detalles, para celebrar sus cien años. Era la más longeva de la localidad y se habían esmerado en preparar un gran banquete. Los manteles, de lino blanquísimo, lucían junto a las sillas forradas de la misma tela; las copas de Bohemia esperaban sedientas colores y aromas de vinos de reserva; los platos prometían delicias de ibéricos, quesos, perdices encebolladas y demás manjares dispuestos para la ocasión. ¡Cuánto tardan! exclamó la feliz anciana. Después su nieta Ángela cerró sus párpados con una suave caricia. Cuadro de Evgeny Lushpin

El camino

Foto de Gabriel Figueroa Me llamo Amanda Alterio y nunca he entendido a los hombres. Hubo un tiempo en que fui adicta a las relaciones sentimentales. Necesitaba enamorarme para sentirme viva y creo que esta peculiaridad de mi carácter me ha llevado más de una vez al fraude. Llevo en mi maleta todo lo que poseo, un poco de ropa y un par de libros; y en mi corazón conservo un ramo grande de amores marchitos: olvidados, unos; cruentos, los menos. Miro al horizonte con esperanza y algo de miedo. He dado el primer paso de un camino que no sé a dónde va a conducirme, aunque sé que la muerte es la meta y las letras mi gran consuelo.

La elección

                                        Siempre seré una niña. Aunque un velo blanco disfrace mi negro pelo y el azar me lleve a una calle Parisina en un día lluvioso acompañada de mi último amante. El azar metamorfoseado en  una sustanciosa oferta de la agencia de viajes de la esquina de mi casa. Y henos aquí, jugando a viajeros olvidados del tiempo y amándonos en un hotel de tercera del Barrio Latino donde respiran sugestivas historias de otras épocas. Nuestra existencia arrojada, en otro momento, a la misma mesa del café donde Sartre y Beauvoir hablaban de que el ser humano está condenado a ser libre. Yo  hice pronto mi elección: siempre seré una niña. 

La isla encantada

Al fin he conseguido papel y lápiz para narrar las extraordinarias circunstancias que me trajeron a este lugar y, de paso revivirlas con la misma intensidad. Llegué a La Habana una tarde del pasado julio. Me alojé en el Nacional. En cuanto dejé mis pertenencias en el cuarto, salí a perderme en el laberinto de sus callejuelas. El sol azotaba mi piel en la que me parecía una isla encantada. Divisé el Malecón al fondo y  el mar apareció ante mí, como si lo viera por primera vez en mi vida, estriado de azules cobalto, esmeralda, azur y marino y otras tonalidades cuyo nombre desconozco. Entonces la vi, quieta en un espacio que me pareció el centro del Universo, y se grabó para siempre en mi retina desafiando las leyes del tiempo. Era muy joven, morena, de grandes ojos negros, media melena suelta agitada por el viento y unos labios voluptuosos que tenían el sabor de la canela , según supe luego. Brillaba toda ella como si el sol le brindara uno de sus rayos. -Busco el número ...

El final del viaje

Estaba a punto de terminar mi novela cuando me surgió aquel viaje ineludible. No me lo pensé dos veces. Le di las llaves de mi deportivo a Esther, mi mujer, y cargué con la máquina de escribir y unos cuantos folios. Tenía la sensación de que si no soltaba el final que la noche y los sueños me habían revelado lo olvidaría todo y nunca podría concluirla. Le pedí que condujera despacio y fui tecleando todo el camino. Después de cuatrocientos kilómetros conseguí poner la palabra fin. Mis protagonistas encontraban la muerte en una carretera comarcal. Alcé la vista justo a tiempo de   ver el camión que se nos acercaba peligrosamente de frente y di un volantazo certero que despertó a Esther y nos salvó de un aciago destino.  
El secreto del jardín Irene de Rocamora nació tras estas rejas en los tiempos de la reina Germana de Foix, viuda del “Católico” y virreina de Valencia. El esplendor de esta corte renacentista no parecía ensombrecerse con las crueldades que Germana infligió a sus enemigos políticos. La noble Irene creció en una ciudad alegre y cultivada, prestigiosa y bella, elogiada desde todos los rincones del mundo conocido. Asistió a suntuosas fiestas y aprendió los preceptos de la más delicada cortesía. En su juventud experimentó los placeres de una aventura galante con mucho recato; y cuentan que un joven de la familia Trénor murió en un duelo por defender su honor. Pero solo los muros de su jardín conocen el secreto de sus amores con un morisco que se hacía llamar Ovidio, para ocultar su origen, y que le recitaba hermosos versos en noches de plata y nardos; le hacía el amor con una inmensa dulzura bajo la atenta mirada de su criada Melibea. La historia no acabó en tra...

Un lance de verano

Aquel mes de agosto hizo un calor bochornoso. Mi presupuesto hacía totalmente inviable cualquier tentativa de alejarme de mi bohemio ático en el corazón de la ciudad. Pasaba los días tirado en la cama, desnudo, leyendo un libro tras otro y haciendo viajes a la ducha y a la nevera por partes iguales. Estaba esta última bien provista de helados y refrescos que arruinaron, en unos días, el perímetro de mi cintura. Por las noches, salía a la fresca, ya cenado, y me sentaba en alguna de las terrazas del Barrio del Carmen en espera de que algún incidente singular diera un giro a mis vacaciones. Después de una semana de infructuosos intentos, entablé conversación con un joven extranjero que resultó ser inglés y pintor de  profesión para más señas. Yo no soy muy dado a abrir mi intimidad a cualquiera pero creo que aquel calor me volvió loco y viví una experiencia prodigiosa de la que nunca me habría creído capaz. Ha pasado el tiempo y sigo siendo como siempre: adorador incondicional d...

El callejón

Había escrito una historia tétrica aquella tarde. Se desarrollaba en un oscuro callejón con altos arbustos a los lados pertenecientes a las casas vecinas. Mientras lo recorría con gran inquietud, una sombra surgía de entre las ramas y allí encontraba yo la muerte a cuchilladas, sin piedad y exenta de toda lógica. Cuando lo terminé, quedé profundamente insatisfecho y abandoné el relato en un archivo de mi ordenador. Más tarde, cuando la noche cayó como un pesado fardo, un impulso irrefrenable me llevó a deambular por las calles de mi ciudad sin rumbo determinado. De pronto llegué a un lugar que respondía exactamente al que yo había descrito en mi cuento. Preso del pánico, desanduve el camino a toda prisa y no paré hasta dar con mis huesos en un iluminado bar donde unos cuantos tragos y una banda de jazz, me devolvieron la calma.