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Un lance de verano


Aquel mes de agosto hizo un calor bochornoso. Mi presupuesto hacía totalmente inviable cualquier tentativa de alejarme de mi bohemio ático en el corazón de la ciudad. Pasaba los días tirado en la cama, desnudo, leyendo un libro tras otro y haciendo viajes a la ducha y a la nevera por partes iguales. Estaba esta última bien provista de helados y refrescos que arruinaron, en unos días, el perímetro de mi cintura. Por las noches, salía a la fresca, ya cenado, y me sentaba en alguna de las terrazas del Barrio del Carmen en espera de que algún incidente singular diera un giro a mis vacaciones. Después de una semana de infructuosos intentos, entablé conversación con un joven extranjero que resultó ser inglés y pintor de  profesión para más señas. Yo no soy muy dado a abrir mi intimidad a cualquiera pero creo que aquel calor me volvió loco y viví una experiencia prodigiosa de la que nunca me habría creído capaz. Ha pasado el tiempo y sigo siendo como siempre: adorador incondicional de las mujeres, sobre todo si son hermosas e inteligentes. De aquel ángel rubio me queda un retrato al carboncillo en el que estoy muy favorecido y un recuerdo intacto  en  rincones privilegiados de mi casa y mi memoria. 

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Cumpleaños

Una buena lección

Foto de Carles Solís
Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas yde mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.