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Mostrando entradas de 2013

La isla encantada

Al fin he conseguido papel y lápiz para narrar las extraordinarias circunstancias que me trajeron a este lugar y, de paso revivirlas con la misma intensidad.
Llegué a La Habana una tarde del pasado julio. Me alojé en el Nacional. En cuanto dejé mis pertenencias en el cuarto, salí a perderme en el laberinto de sus callejuelas. El sol azotaba mi piel en la que me parecía una isla encantada. Divisé el Malecón al fondo y  el mar apareció ante mí, como si lo viera por primera vez en mi vida, estriado de azules cobalto, esmeralda, azur y marino y otras tonalidades cuyo nombre desconozco.
Entonces la vi, quieta en un espacio que me pareció el centro del Universo, y se grabó para siempre en mi retina desafiando las leyes del tiempo. Era muy joven, morena, de grandes ojos negros, media melena suelta agitada por el viento y unos labios voluptuosos que tenían el sabor de la canela , según supe luego. Brillaba toda ella como si el sol le brindara uno de sus rayos.
-Busco el número uno -me dijo.
-Pues…

El final del viaje

El secreto del jardín

Irene de Rocamora nació tras estas rejas en los tiempos de la reina Germana de Foix, viuda del “Católico” y virreina de Valencia. El esplendor de esta corte renacentista no parecía ensombrecerse con las crueldades que Germana infligió a sus enemigos políticos. La noble Irene creció en una ciudad alegre y cultivada, prestigiosa y bella, elogiada desde todos los rincones del mundo conocido. Asistió a suntuosas fiestas y aprendió los preceptos de la más delicada cortesía. En su juventud experimentó los placeres de una aventura galante con mucho recato; y cuentan que un joven de la familia Trénor murió en un duelo por defender su honor. Pero solo los muros de su jardín conocen el secreto de sus amores con un morisco que se hacía llamar Ovidio, para ocultar su origen, y que le recitaba hermosos versos en noches de plata y nardos; le hacía el amor con una inmensa dulzura bajo la atenta mirada de su criada Melibea. La historia no acabó en tragedia porque los moriscos fue…

Un lance de verano

Aquel mes de agosto hizo un calor bochornoso. Mi presupuesto hacía totalmente inviable cualquier tentativa de alejarme de mi bohemio ático en el corazón de la ciudad. Pasaba los días tirado en la cama, desnudo, leyendo un libro tras otro y haciendo viajes a la ducha y a la nevera por partes iguales. Estaba esta última bien provista de helados y refrescos que arruinaron, en unos días, el perímetro de mi cintura. Por las noches, salía a la fresca, ya cenado, y me sentaba en alguna de las terrazas del Barrio del Carmen en espera de que algún incidente singular diera un giro a mis vacaciones. Después de una semana de infructuosos intentos, entablé conversación con un joven extranjero que resultó ser inglés y pintor de  profesión para más señas. Yo no soy muy dado a abrir mi intimidad a cualquiera pero creo que aquel calor me volvió loco y viví una experiencia prodigiosa de la que nunca me habría creído capaz. Ha pasado el tiempo y sigo siendo como siempre: adorador incondicional de las mu…

La vida fuera del tiempo

El tiempo se quedó detenido bajo las ramas de una jacaranda. Sus verdes hojas se mecían al ritmo de una suave brisa otoñal al mismo compás que sus pletóricas flores moradas. El día era ceniciento. Mariana tomó asiento en un banco del parque y dejó pasar las horas conaire ausente olvidándosede ellas por completo. Luego llegó la lluvia, una lluvia fina que la roció suavemente sin calarla y ella siguió allí porque no recordaba ni su nombre. Acertó a pasar por el lugar uno de sus vecinos, Andrés, un jubilado que frecuentaba aquel parque y que se quedó extrañado al verla con la mirada perdida y un descuidado aspecto. Se acercó a ella y le preguntó si le sucedía algo. Ella le miró como quien vuelve de un largo viaje sin reconocerlo y le dirigió algunas frases sin sentido. El hombre llamó a una ambulancia y se fue con ella al hospital más cercano. Allí declaró que Mariana vivía sola en el mismo edificio que él, que nunca la había visto en aquel estado, que era una mujer afable aunque solitar…

El callejón

Había escrito una historia tétrica aquella tarde. Se desarrollaba en un oscuro callejón con altos arbustos a los lados pertenecientes a las casas vecinas. Mientras lo recorría con gran inquietud, una sombra surgía de entre las ramas y allí encontraba yo la muerte a cuchilladas, sin piedad y exenta de toda lógica. Cuando lo terminé, quedé profundamente insatisfecho y abandoné el relato en un archivo de mi ordenador. Más tarde, cuando la noche cayó como un pesado fardo, un impulso irrefrenable me llevó a deambular por las calles de mi ciudad sin rumbo determinado. De pronto llegué a un lugar que respondía exactamente al que yo había descrito en mi cuento. Preso del pánico, desanduve el camino a toda prisa y no paré hasta dar con mis huesos en un iluminado bar donde unos cuantos tragos y una banda de jazz, me devolvieron la calma.

Despertar

Lucila se despertó con el amanecer aquella mañana del mes de abril. Cuando abrió el ventanal de su apartamento y salió a la terraza que daba al mar, percibió un extraño fenómeno, al menos era algo completamente nuevo para ella: los primeros rojos del día parecían volver de un encuentro apasionado con los naranjos en flor de los huertos cercanos; un intenso olor a azahar la envolvió. Cuando el sol fue surgiendo del horizonte del agua, parecía una enorme naranja, una fruta prohibida que cegaba al que osaba poner sus ojos en ella. Se sintió alentada con esas intensas sensaciones. Sin embargo, una idea fija rondaba su cabeza desde que se había despertado, un buen rato antes de levantarse de la cama. Se fue al cuarto de baño, cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y, sin dudarlo un instante, sesgó de dos certeros y firmes tajos sus venas eróticas. La muerte de sus fantasías sobrevino con rapidez y Lucila decidió no llevar luto por ellas. Horas más tarde entregó su cuerpo al sol y a la …

Un beso bajo el ombú

Sucedió de pronto, sin esperármelo. Nos veíamos todos los días en el trabajo. Conversábamos a menudo a la hora del café. Me caía bien ese chico nuevo, Pablo se llamaba. Tenía los ojos de caramelo y una sonrisa de uvas maduras que decía “cómeme”. Yo era una chica tímida, reservada. El tiempo libre lo pasaba en casa devorando libros o dando paseos por la ciudad cuando el tiempo era bueno. Llevaba siempre un cuaderno encima para escribir todo lo que me venía a la cabeza, era mi forma de no estar sola frente al mundo.
Aquel día fui al Jardín Botánico, me senté en un banco y comencé a escribir su nombre: Pablo, Pablo, Pablo… Lo repetí tres veces sin saber por qué y me quedé mirando el viejo ombú que me daba sombra.
-Hola, ¡qué sorpresa! –dijo una voz familiar a mi espalda. Me volví sobresaltada y allí estaba él, sonriente, con ropa informal y un libro en la mano.
-Hola -me levanté algo nerviosa y avancé mi cara para besar sus mejillas.
Él hizo lo mismo pero hubo una descoordinación en los movi…