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Las reglas del juego




La reina Blanca, harta de las estrictas reglas del juego de la corte, huyó una noche aprovechando el silencio y la oscuridad del escenario. Salió a un mundo que le pareció excepcional: lo primero que vio fue una hermosa luna llena reflejada sobre un mar en completa calma. ¡Lo que me estaba perdiendo -se dijo- siempre encerrada en aquel palacio! Anduvo por la playa hasta que el sueño la venció y se quedó dormida en una barquichuela varada en la arena. La despertó un sol radiante y las voces de unos pescadores que se acercaban. Tuvo tiempo de esconderse tras una roca y se dio cuenta de que tenía que cambiar sus suntuosas ropas si quería pasar desapercibida entre la gente. Se dirigió al pueblo donde encontró a una mujer, de edad y forma similares a la suya, que estaba barriendo la entrada de su casa. Esta se sorprendió mucho al verla toda vestida de blanco y con una corona sobre su cabeza.
            -Te ofrezco mi corona a cambio de tu vestido y algo de comer, estoy hambrienta.
La mujer no salía de su estupor pero le pareció una buena oferta. La invitó a entrar en su casa y le sirvió un buen trozo de bizcocho y un tazón de  leche. Después examinó la corona calculando la cuantía de su buena fortuna. Le dio a la dama el mejor de sus vestidos y escondió bien la joya temerosa de que alguien se la arrebatara.
La reina salió de nuevo al mundo, con un vestido rojo veraniego y unas sandalias del mismo color, dispuesta a conquistarlo. No fue fácil, probó variados oficios y diversos estados y solo encontró la paz y el amor que buscaba  en un hospital de Guinea Ecuatorial, ayudando a  los niños enfermos de malaria donde, además, tuvo la fortuna de cruzar sus ojos con un abnegado médico del que se enamoró profundamente. 

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Cumpleaños

Una buena lección

Foto de Carles Solís
Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas yde mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.