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El final del viaje


Estaba a punto de terminar mi novela cuando me surgió aquel viaje ineludible. No me lo pensé dos veces. Le di las llaves de mi deportivo a Esther, mi mujer, y cargué con la máquina de escribir y unos cuantos folios. Tenía la sensación de que si no soltaba el final que la noche y los sueños me habían revelado lo olvidaría todo y nunca podría concluirla. Le pedí que condujera despacio y fui tecleando todo el camino. Después de cuatrocientos kilómetros conseguí poner la palabra fin. Mis protagonistas encontraban la muerte en una carretera comarcal. Alcé la vista justo a tiempo de  ver el camión que se nos acercaba peligrosamente de frente y di un volantazo certero que despertó a Esther y nos salvó de un aciago destino.  

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Una buena lección

Foto de Carles Solís
Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas yde mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.