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La isla encantada



Al fin he conseguido papel y lápiz para narrar las extraordinarias circunstancias que me trajeron a este lugar y, de paso revivirlas con la misma intensidad.

Llegué a La Habana una tarde del pasado julio. Me alojé en el Nacional. En cuanto dejé mis pertenencias en el cuarto, salí a perderme en el laberinto de sus callejuelas. El sol azotaba mi piel en la que me parecía una isla encantada. Divisé el Malecón al fondo y  el mar apareció ante mí, como si lo viera por primera vez en mi vida, estriado de azules cobalto, esmeralda, azur y marino y otras tonalidades cuyo nombre desconozco.

Entonces la vi, quieta en un espacio que me pareció el centro del Universo, y se grabó para siempre en mi retina desafiando las leyes del tiempo. Era muy joven, morena, de grandes ojos negros, media melena suelta agitada por el viento y unos labios voluptuosos que tenían el sabor de la canela , según supe luego. Brillaba toda ella como si el sol le brindara uno de sus rayos.

-Busco el número uno -me dijo.

-Pues estás de suerte porque ese soy yo.

-Ja, ja, ja, -rió mostrando sus blanquísimos dientes- quería decir el número uno de la calle.

Su risa acabó de enloquecerme y la vi todos los días sumido en un éxtasis que me conducía ciegamente hacia mi destino.

Un año, ocho meses y veintiún días aguardaré en esta celda y después seguiré esperando pacientemente hasta que ella cumpla los dieciséis.
 




























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Una buena lección

Foto de Carles Solís
Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas yde mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.