martes, 7 de abril de 2015

UN CUENTO CHINO



La han sacado del río inerte. Chen Xingwu, por primera vez en su vida, deja que unas lágrimas resbalen por la arrugada piel de su rostro viril, curtido de soles al son de su pala cavando la tierra, en su interminable lucha por labrar una cosecha. Lili, su adorada niña de quince años, yace muerta en el suelo, devuelta por las sedientas aguas del río Amarillo, el turbio y terrible “río de barro” que devora a su paso bosques y praderas. La gente se arremolina en torno a ellos. Por todas partes deambula el dolor y el miedo
Es tiempo de lluvias en la árida meseta de Loess, situada en las entrañas de la profunda China. Pedazos de tierra mojada se deslizan hacia el río. Chen Xingwu le cierra los ojos a su hija, la limpia de lodos y la acaricia apretándola contra su pecho mientras llora inconsolablemente.
Le costó decidirse a aceptar a esa niña. En 1986 se había casado con So Young, una joven coreana a la que había comprado en el mercado de novias, a un vendedor itinerante, después de ahorrar durante mucho tiempo. Era demasiado pobre y las familias de las pocas jóvenes que quedaban en la zona no permitían entregar a sus hijas a alguien que no les asegurara un futuro digno.
Las mujeres escasean por esta zona desértica, un denso laberinto de cañones erosionados, con pequeñas aldeas encaramadas en colinas, a las que no hay acceso por carretera y donde no llegan los cambios que agitan a la moderna China. Los jóvenes huyen a las ciudades en busca de una vida mejor.

Una vez celebrada la modesta boda, fueron a vivir a una pequeña aldea, Chenjiayuan, donde habitaron una cueva horno que les protegía de los fríos inviernos y de los ardorosos veranos.
So young padeció en sus carnes el desgarro de la posesión sin miramientos por parte de aquel, su esposo, que la tomaba para saciar su deseo y volcar su semen en ella en busca del ansiado varón que perpetuara su nombre y asegurara un futuro a su familia. Pero el destino, ciego a sus intenciones, le había dado tres hijas. Las dos primeras fueron arrebatadas por Chen Xingwu, recién salidas del vientre de su madre. Ella no llegó a verlas, los dolores del parto le habían provocado un estado de semiinconsciencia. Sólo él supo de su suerte.
Pero la tercera vez, cuando So Young sintió a su bebé intentando abrirse paso a través de sus entrañas, puso todo su empeño en mantenerse despierta. Gritó con todas sus fuerzas ante cada nueva contracción procurando mantener el control. La vio salir encogida, ensangrentada, y con un tono azulado en su piel. Se aferró al cuerpecito de su niña y no consintió que se la arrebataran, se pasó meses con la pequeña asida a su pecho día y noche, amamantándola y acariciándola, sin importarle nada más. Su esposo, Chen Xingwu, creyó que había perdido la cabeza y aceptó resignado su férrea decisión.
Con el tiempo la niña, que poseía la hermosura de las flores de loto y la alegría de los pajarillos, llenó de contento la austera vida de los esposos, que trabajaban incansablemente para poder alimentarla.
Pero de nada les había servido su gran esfuerzo para sacarla adelante en medio de tantas luchas y privaciones, ni tampoco el tigre de arcilla de grandes ojos y salientes mejillas, que habían colgado a la entrada de su vivienda para que los protegiera de los malos espíritus, les evitara desastres y les asegurara la paz y el bienestar. Todo había sido en vano.
Cuando las voces de la desgracia llegan a los oídos de So young, queda sumida en un profundo letargo, del que ningún remedio parece capaz de sacarla. Después de varios días empieza a reaccionar pero ya nunca vuelve a ser la misma, la tristeza se convierte en su inseparable compañera.

No muy lejos de allí, Yang Husheng se llena de alegría al enterarse de la noticia de la joven ahogada, que corre de aldea en aldea. Hace tiempo que está en deuda con el cadáver de su hijo, muerto a los doce años en un trágico accidente. De tanto en tanto, se le aparece mientras duerme reclamando su deseo, él le contesta que sea paciente, que lo conseguirá. Tiene la obligación de hacerlo feliz, de completarlo ofreciéndole una esposa para que no esté solo en la otra vida. Está en contacto con los traficantes de cadáveres de la zona y sabe que su fortuna le permitirá ser el primero que consiga un cuerpo joven para darle una esposa a su hijo. Su deber de lealtad para con él así lo exige.
Realizados los tratos, gracias a los mediadores, por fin llega el día. En primer lugar, se procede a la exhumación del cadáver del joven Yong para efectuar el rito del minghun o matrimonio en el más allá. Sitúan juntos los dos ataúdes mientras una banda de músicos interpreta una marcha fúnebre. La obstinada lluvia sigue acompañando la funesta boda. La gente se conmueve, brotan las lágrimas, se toman de la mano…
Yang Husheng, agradecido, le ofrece a So Young un anillo y unos pendientes de oro, además de los dos mil yuanes que les había dado el traficante de cadáveres. Terminada la ceremonia, a la que los padres de la novia asisten como sumidos en una amarga pesadilla, vuelven a su casa y a sus miserables vidas.


So Young entra sonámbula en la cueva seguida de su esposo, como una autómata ordena la vivienda hasta que todo ocupa exactamente su lugar. Después se dirige a la cocina, busca un pequeño frasco de láudano que tiene oculto en un armario y se dispone a preparar la comida sumida en un profundo silencio. Vierte el líquido cristalino y lo mezcla cuidadosamente con los alimentos; después prepara la mesa, le ofrece a su esposo su plato y ambos, sentados frente a frente, comen despacio, se miran por última vez sin esperanza, relajados ya. La sobremesa dura una eternidad…

jueves, 27 de noviembre de 2014

Una buena lección



Foto de Carles Solís

Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.  Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas y  de mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí  una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cumpleaños


¡Cuánto tardan! pensaba Felisa, sentada a una mesa que habían instalado, con todo lujo de detalles, para celebrar sus cien años. Era la más longeva de la localidad y se habían esmerado en preparar un gran banquete. Los manteles, de lino blanquísimo, lucían junto a las sillas forradas de la misma tela; las copas de Bohemia esperaban sedientas colores y aromas de vinos de reserva; los platos prometían delicias de ibéricos, quesos, perdices encebolladas y demás manjares dispuestos para la ocasión. ¡Cuánto tardan! exclamó la feliz anciana. Después su nieta Ángela cerró sus párpados con una suave caricia.
Cuadro de Evgeny Lushpin

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El camino

Foto de Gabriel Figueroa


Me llamo Amanda Alterio y nunca he entendido a los hombres. Hubo un tiempo en que fui adicta a las relaciones sentimentales. Necesitaba enamorarme para sentirme viva y creo que esta peculiaridad de mi carácter me ha llevado más de una vez al fraude. Llevo en mi maleta todo lo que poseo, un poco de ropa y un par de libros; y en mi corazón conservo un ramo grande de amores marchitos: olvidados, unos; cruentos, los menos. Miro al horizonte con esperanza y algo de miedo. He dado el primer paso de un camino que no sé a dónde va a conducirme, aunque sé que la muerte es la meta y las letras mi gran consuelo.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Sueño, luego vivo.





Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.

Sueño, luego vivo,
que estamos juntos,
que seguimos hablando, hablando, hablando...
y que puedo estrecharte fuertemente
entre mis brazos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La elección

                                       


Siempre seré una niña. Aunque un velo blanco disfrace mi negro pelo y el azar me lleve a una calle Parisina en un día lluvioso acompañada de mi último amante. El azar metamorfoseado en  una sustanciosa oferta de la agencia de viajes de la esquina de mi casa. Y henos aquí, jugando a viajeros olvidados del tiempo y amándonos en un hotel de tercera del Barrio Latino donde respiran sugestivas historias de otras épocas. Nuestra existencia arrojada, en otro momento, a la misma mesa del café donde Sartre y Beauvoir hablaban de que el ser humano está condenado a ser libre. Yo  hice pronto mi elección: siempre seré una niña. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

1
Dos  extraños curiosos impertinentes
 en un tren de largo recorrido
Ernesto Martí bajó de un taxi en la estación de Sants de Barcelona a las cinco  de la tarde de un otoñal viernes. Faltaban pocos minutos para que saliera su tren en dirección a Valencia. Se apresuró con la maleta. Cuando llegó estaban a punto de cerrar el puesto de control. Pasó su equipaje por el escáner y entregó su billete a una azafata que lo saludó con cortesía.
En el tren se hallaba ya Pablo Méndez cómodamente instalado en la parte del tren en que los asientos se miran y se despliega una mesa. Había puesto sobre ella un libro de Paul Auster y estaba consultando unos mensajes en su teléfono móvil.
Ernesto llegó a su asiento que estaba justo enfrente del de Pablo. Colocó su maleta en el estante superior encima de su cabeza y se sentó dejando su bolso de mano en el asiento de al lado que estaba vacío igual que su gemelo del lado de Pablo.
Los dos hombres se miraron con disimulo. Pablo empezó primero, siguió de reojo cada uno de los movimientos de su compañero de viaje desde que lo había visto aparecer por la puerta del vagón. Le interesó desde el principio, no sabría decir por qué, había algo en él que llamaba su atención y no podía dejar de mirarle aunque con disimulo, claro, era un hombre bien educado. Al rato, temiendo ser impertinente, abrió su libro y se puso a leer o, mejor dicho, a hacer como que leía porque las líneas de su autor favorito le empezaron a parecer totalmente insípidas y sin ningún significado. No lo dejó, sin embargo, un libro puede ser, a veces, un buen escudo protector de vaya usted a saber qué tentaciones que no tomaban forma en su cabeza pero que le habían despertado cierta inquietud.
Entre tanto Ernesto se había acomodado, dejando sobre la mesa  un pequeño ordenador portátil que abrió para consultar su correo. Entre una centena de mensajes, eligió uno de Laura, su mujer, en el que le decía que le estaba echando mucho de menos y que iría a esperarlo a la estación. Sonrió escéptico, hacía meses que se mostraba fría y distante y cuando inició el viaje, una semana atrás, hubiera jurado ver un extraño brillo en su mirada y la sensación de que se alegraba de perderlo de vista por unos días o quizá se había cansado de él y estaba planeando dejarlo, a lo peor hasta tenía ya un sustituto para cuando llegara el momento de un pronto abandono. ¡Mujeres! –pensó al tiempo que reparaba en su compañero de viaje, un hombre de una edad similar a la suya, que rondaba los cuarenta, bien vestido y que leía muy atento un libro.  Observó que cada una de sus prendas y complementos eran de marca, que tenía unas manos cuidadas, un corte de pelo impecable y que si su esposa lo hubiera visto, no habría dejado de calificarlo como un auténtico pedazo de hombre, expresión a la que era muy aficionada, sobre todo refiriéndose a sus actores preferidos, pero también a conocidos de ambos, cosa que hacía que Pablo sintiera un hormigueo desagradable en su estómago, en un sentimiento que bien podría llamarse celos.
Pablo dejó de pronto su libro sobre la mesa y sintió un fuerte impulso de entablar conversación con su compañero de viaje. Sin saber muy bien cómo empezar le soltó de improviso:
-¿Eres de Valencia? Juraría que te he visto mil veces en alguna parte.
-No, no soy de Valencia pero  llevo allí más de media la vida. No sé, a lo mejor nos hemos visto en algún sitio, yo veo a tanta gente que, la verdad, todos los rostros me parecen familiares -le contestó Ernesto afablemente- si me dices por dónde te mueves a lo mejor descubrimos algún punto de contacto.
         -Yo me muevo un poco por todas partes. Soy constructor. Voy allá dónde los negocios me lleven.
         -¿Un constructor que lee a Paul Auster? Me resulta extraño, siempre había pensado que solo tienen cifras y edificios en su cabeza.
         -Estudie arquitectura, pero ya no ejerzo más que supervisando lo que otros diseñan para mí, llevo demasiado peso sobre mis hombros. Sin embargo, me gusta cultivarme con los libros, me relajan y me apartan del estrés de mi profesión.
         -Ya, pues yo suelo andar por las aulas de la facultad de Filología, doy clases de Literatura hispanoamericana.
         -¡Ah! Vaya, eso sí que es una suerte. A mí me encanta la literatura como te he dicho y entre los hispanoamericanos están algunos de mis autores preferidos.
         Ernesto se quedó callado repasando mentalmente los sinsabores e insatisfacciones que su profesión le acarreaba.
         -Sí, no puedo quejarme, es una profesión apasionante, aunque, no creas, también tiene sus inconvenientes. Hay destinos que parecen ideales hasta que se vive dentro de ellos, podría contarte miles de pesares  pero no voy a darte el viaje con la confesión de mis miserias.
         -¿Por qué no? Un viaje en tren es el lugar ideal para hacer una confesión en toda regla. Te desahogas y, con suerte, no vuelves a ver a tu interlocutor en toda tu vida. Yo lo hago a menudo. Suelo viajar en tren cuando se trata de trayectos largos.
         -Sí, es cierto, pero no es la profesión lo que ahora me preocupa. Estaba pensando en Laura, mi mujer. Acabo de leer un correo suyo demasiado amable. Creo que la estoy perdiendo –dijo con un gesto de extrema amargura.
         -Pues no sé qué decirte, ¿no serán imaginaciones tuyas?
         -No, no creo. Estoy seguro de que ya no me quiere. Sospecho que tiene un amante o quizás más de uno. Si me deja, me muero; no podría vivir sin ella.
         -Bueno, eso es lo que todos pensamos ante un desengaño pero luego la vida sigue. Nadie se muere por eso.
         -Se me pasa por la cabeza que quizás podrías ayudarme –se sorprendió a sí mismo oyéndose decir estas palabras a un completo desconocido.
         -¿Yo? No veo cómo.
         -Muy sencillo: intentas seducirla y así yo podré saber si me es fiel.
         -Pero qué cosas dices. ¿Por qué no hablas con ella y se lo preguntas directamente?
         -No, no, no puedo hacerlo. Además seguro que me mentiría. Las mujeres son terribles, no me dirá nada hasta que tenga a otro bien agarrado. No me fío un pelo de ella. Cuando yo la conocí, tenía novio y lo estuvo engañando conmigo hasta que le pedí que nos casáramos. ¿Entiendes por qué no puedo fiarme de ella? Era alumna mía. Se sentaba siempre en primera fila. Estudiaba mucho, le encanta la literatura y es buena, muy buena. Me hacía preguntas que me ponían en un compromiso. Me supera en inteligencia con creces. Pero es fría y calculadora. Siempre he pensado que me utilizó para escalar en su carrera. Ella también es profesora ahora, compartimos departamento. Pero ha sido ella y  no yo quién ha conseguido la cátedra y no sé qué artes ha utilizado. Tienes que ayudarme. Antes te he estado observando y he pensado que eres el tipo de hombre que a ella le gusta.
         Pablo empezó a sentir  curiosidad y cierta inquietud por la propuesta.
         -Bueno, de acuerdo, acepto el trato si tú haces lo mismo por mí- se atrevió a decir sin saber muy bien por qué.
         -¿Cómo dices?
         -Eso, lo que has oído, que me presto a intentar seducir a tu mujer si tú intentas hacer lo mismo con la mía. Celia, mi mujer se llama Celia.
         Ernesto se quedó perplejo ante la propuesta del constructor. Era lo último que se esperaba.
         -Así que tú también tienes tus dudas. Perfecto. En realidad es una situación ideal. Así todo queda entre nosotros.

         Continuaron el viaje hasta Valencia hablando de sus vidas, de sus mujeres, de sus proyectos… Cuando el tren se detuvo en la Estación del Norte parecían dos viejos amigos que lamentaban la separación a que el fin del trayecto los arrojaba. Intercambiaron sus números de teléfono y sus direcciones electrónicas. Ernesto se dirigió a la parada de taxis mientras que  Pablo se encaminó al aparcamiento de la estación de donde salió con un flamante Mercedes descapotable último modelo.