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¿Un fallo en el método?




 


 Cristina se apresuró a levantarse de la cama al primer canto del gallo. Su amado René iba a hablarle esa mañana de la importancia de elegir un método adecuado para evitar caer en el error. Le había asegurado, el día anterior, que solo consistía en seguir, eso sí, a rajatabla, cuatro sencillas reglas. Realizó sus abluciones de forma apresurada, se puso un vestido cómodo y  recogió su melena en un sencillo moño. Odiaba los afeites y adornos en su cuerpo gordezuelo y algo contrahecho.
Cuando llegó a la biblioteca encontró a René  desmejorado, estaba sentado junto al fuego y tenía la mirada perdida. Pidió ayuda a sus criados para trasladarlo a su alcoba y tuvo que contentarse con leer los manuscritos del maestro para saber de la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración.
El método, infalible, según René, para hallar la verdad, le falló a Cristina de Suecia para descubrir quién había envenenado con arsénico a su querido filósofo o quizá sí le sirvió y no contenta con las certezas que encontró, enmascaró el enojoso asunto con una muerte por neumonía debida a los rigores del clima. Así acabó sus días Descartes entre los misterios de los muros de un palacio sueco. 

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