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La vida fuera del tiempo


El tiempo se quedó detenido bajo las ramas de una jacaranda. Sus verdes hojas se mecían al ritmo de una suave brisa otoñal al mismo compás que sus pletóricas flores moradas. El día era ceniciento. Mariana tomó asiento en un banco del parque y dejó pasar las horas con  aire ausente olvidándose  de ellas por completo. Luego llegó la lluvia, una lluvia fina que la roció suavemente sin calarla y ella siguió allí porque no recordaba ni su nombre. Acertó a pasar por el lugar uno de sus vecinos, Andrés, un jubilado que frecuentaba aquel parque y que se quedó extrañado al verla con la mirada perdida y un descuidado aspecto. Se acercó a ella y le preguntó si le sucedía algo. Ella le miró como quien vuelve de un largo viaje sin reconocerlo y le dirigió algunas frases sin sentido. El hombre llamó a una ambulancia y se fue con ella al hospital más cercano. Allí declaró que Mariana vivía sola en el mismo edificio que él, que nunca la había visto en aquel estado, que era una mujer afable aunque solitaria y que hacía un año que se había retirado de su trabajo de maestra en una escuela del barrio. Les habló de una hija que la visitaba con frecuencia pero no pudo decirles cómo localizarla. Entre tanto, Mariana apretaba su mano con delicadeza como si lo hubiera hecho toda la vida y Andrés supo que su existencia acababa de adquirir un nuevo sentido: ayudarle a recordar quién era ella.   

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Cumpleaños

Una buena lección

Foto de Carles Solís
Yo era una feliz profesora de matemáticas. Ejercí mi profesión durante cuarenta años. Nunca tuve un destino fijo por razones que son largas de contar y que no vienen al caso, aunque su esclarecimiento daría mucha luz sobre el mediocre sistema educativo de este país en el que vivimos. Me consideraba buena en mi oficio y casi siempre recibía el cariño de mis discípulos. Hasta que los nuevos tiempos me enfrentaron a una asignatura llamada Atención educativa.Esta venía a ser el coladero de la mayoría de los alumnos, que huían de la religión. Pero ¡ay de mí! Esos chicos descreídos tampoco respetaban la autoridad de mis canas yde mi oficio y todo terminó de forma intempestiva cuando le rompí una silla en la cabeza a Gregorio Contreras. Se quedó varios meses en coma, reflexionando, supongo, si es que ello es posible en tal estado, sobre las inconveniencias de menospreciar las fuerzas de aquellos con los que nos enfrentamos.

Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.