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Sueño, luego vivo.

Sueño, luego vivo, tu sonrisa confiada apoyada en mi hombro maternal. Escucho tu parloteo incesante hablándome de esto y de lo otro... Sin pausa... Por la noche te leo un comic de Tintín hasta que el sueño te transporta a otro lugar. Llega el día de tu debut en el cine, acudimos, solemnes, al estreno de ET, tu vocecilla de niño resuena en la sala en la primera escena: -¡Mira, mamá, una casita en Canadá! Risa general. Después te comportas como un caballero, muy atento a la pantalla hasta que tu voz suena de nuevo: -Mamá ¿cuándo sale Popeye? Otra vez las risas de la gente, se lo toman bien, no nos echan del cine. Una fiebre infantil nos recluye en casa, llevamos batas de cuadros y zapatillas, la estufa de leña caldea la buhardilla, jugamos a las cartas, mientras una cacerola recoge las gotas de lluvia que se filtran por el tejado, plas, plas, plas... Otro día vamos muy serios al Teatro Principal, Tricicle nos entusiasma, cuando salimos me dice...

La elección

                                        Siempre seré una niña. Aunque un velo blanco disfrace mi negro pelo y el azar me lleve a una calle Parisina en un día lluvioso acompañada de mi último amante. El azar metamorfoseado en  una sustanciosa oferta de la agencia de viajes de la esquina de mi casa. Y henos aquí, jugando a viajeros olvidados del tiempo y amándonos en un hotel de tercera del Barrio Latino donde respiran sugestivas historias de otras épocas. Nuestra existencia arrojada, en otro momento, a la misma mesa del café donde Sartre y Beauvoir hablaban de que el ser humano está condenado a ser libre. Yo  hice pronto mi elección: siempre seré una niña. 
1 Dos   extraños curiosos impertinentes   en un tren de largo recorrido Ernesto Martí bajó de un taxi en la estación de Sants de Barcelona a las cinco   de la tarde de un otoñal viernes. Faltaban pocos minutos para que saliera su tren en dirección a Valencia. Se apresuró con la maleta. Cuando llegó estaban a punto de cerrar el puesto de control. Pasó su equipaje por el escáner y entregó su billete a una azafata que lo saludó con cortesía. En el tren se hallaba ya Pablo Méndez cómodamente instalado en la parte del tren en que los asientos se miran y se despliega una mesa. Había puesto sobre ella un libro de Paul Auster y estaba consultando unos mensajes en su teléfono móvil. Ernesto llegó a su asiento que estaba justo enfrente del de Pablo. Colocó su maleta en el estante superior encima de su cabeza y se sentó dejando su bolso de mano en el asiento de al lado que estaba vacío igual que su gemelo del lado de Pablo. Los dos hombres se miraron con disimulo. Pablo...

CONFIDENCIAS

Elia terminó las clases a las 8 de la tarde y se fue caminado hacia su casa. Había tenido suerte con aquella sustitución: era en un instituto de   su ciudad, tenía un horario nocturno de lujo: de   profesor veterano y   jefe de departamento, además. Los alumnos eran tranquilos, sólo había bachilleratos y un ciclo de formación profesional;   algunos compaginaban sus estudios   con la carrera de música en el conservatorio. Éstos eran siempre los mejores, jóvenes con alma de artistas, llenos de pasión y poco proclives a perder el tiempo. Elia estaba encantada y sólo pedía poder quedarse todo el curso en aquel instituto. Aquel día había pedido a sus alumnos de primero que elaboraran una redacción en la que reflejaran alguna de sus preocupaciones, o que hablaran de sus costumbres o de sus ilusiones en la vida. Llevaba en su bolso sesenta narraciones para corregir durante el fin de semana. No estaba mal, teniendo en cuenta que ella no tenía ni...

La isla encantada

Al fin he conseguido papel y lápiz para narrar las extraordinarias circunstancias que me trajeron a este lugar y, de paso revivirlas con la misma intensidad. Llegué a La Habana una tarde del pasado julio. Me alojé en el Nacional. En cuanto dejé mis pertenencias en el cuarto, salí a perderme en el laberinto de sus callejuelas. El sol azotaba mi piel en la que me parecía una isla encantada. Divisé el Malecón al fondo y  el mar apareció ante mí, como si lo viera por primera vez en mi vida, estriado de azules cobalto, esmeralda, azur y marino y otras tonalidades cuyo nombre desconozco. Entonces la vi, quieta en un espacio que me pareció el centro del Universo, y se grabó para siempre en mi retina desafiando las leyes del tiempo. Era muy joven, morena, de grandes ojos negros, media melena suelta agitada por el viento y unos labios voluptuosos que tenían el sabor de la canela , según supe luego. Brillaba toda ella como si el sol le brindara uno de sus rayos. -Busco el número ...

El final del viaje

Estaba a punto de terminar mi novela cuando me surgió aquel viaje ineludible. No me lo pensé dos veces. Le di las llaves de mi deportivo a Esther, mi mujer, y cargué con la máquina de escribir y unos cuantos folios. Tenía la sensación de que si no soltaba el final que la noche y los sueños me habían revelado lo olvidaría todo y nunca podría concluirla. Le pedí que condujera despacio y fui tecleando todo el camino. Después de cuatrocientos kilómetros conseguí poner la palabra fin. Mis protagonistas encontraban la muerte en una carretera comarcal. Alcé la vista justo a tiempo de   ver el camión que se nos acercaba peligrosamente de frente y di un volantazo certero que despertó a Esther y nos salvó de un aciago destino.