martes, 29 de enero de 2013

CONFIDENCIAS




Elia terminó las clases a las 8 de la tarde y se fue caminado hacia su casa. Había tenido suerte con aquella sustitución: era en un instituto de  su ciudad, tenía un horario nocturno de lujo: de  profesor veterano y  jefe de departamento, además. Los alumnos eran tranquilos, sólo había bachilleratos y un ciclo de formación profesional;  algunos compaginaban sus estudios  con la carrera de música en el conservatorio. Éstos eran siempre los mejores, jóvenes con alma de artistas, llenos de pasión y poco proclives a perder el tiempo. Elia estaba encantada y sólo pedía poder quedarse todo el curso en aquel instituto.
Aquel día había pedido a sus alumnos de primero que elaboraran una redacción en la que reflejaran alguna de sus preocupaciones, o que hablaran de sus costumbres o de sus ilusiones en la vida. Llevaba en su bolso sesenta narraciones para corregir durante el fin de semana. No estaba mal, teniendo en cuenta que ella no tenía ningún plan y que pensaba coger una bolsa de viaje con lo imprescindible y tomar el autobús que la llevaría a su pequeño apartamento en la costa, desierta en aquella época del año, corría el mes de febrero.
El sábado por la mañana llegó al pueblo a eso de las 10, se bajó del autobús y emprendió el camino hacia su casa por el paseo marítimo, todavía le quedaba un buen trecho desde la parada hasta el apartamento. Hacía fresco aunque el sol brillaba con intensidad y Elia agradecía la caricia del astro rey en su rostro. El mar aparecía tranquilo y la ausencia de nubes convertía el panorama en una envolvente gama de azules. Todo acompañado de la  brisa  invernal.
Cuando llegó, no vio ningún coche aparcado en su calle, supuso que estaba sola en el edificio. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso, siempre lo hacía cuando no había gente, previniendo la posibilidad de que el ascensor sufriera una avería  y sabiendo que no habría nadie a quien pedir auxilio. Entró en el apartamento y cerró la puerta con llave girándola dos veces, era valiente pero esa soledad extrema le producía un asomo de inquietud.
Encendió todas las estufas que tenía en la casa: dos radiadores de aceite y una catalítica de gas butano que estaba situada en el pasillo, se puso ropa cómoda que guardaba en el armario y bajó al pequeño supermercado, situado a quinientos metros de su apartamento, que estaba abierto todo el año pese a la evidente escasez de clientela. Allí compro unas cuantas provisiones y volvió a su casa. Sólo se cruzó al volver con un anciano con aspecto de huertano  curtido por el sol de muchos inviernos y veranos que caminaba con la ayuda de   un bastón.
            -Buenos días –le dijo al pasar a su lado.
            -Buenos días –le contestó ella y pensó que ya sería la última voz que oiría en todo el fin de semana, exceptuando, quizá, alguna surgida  de su móvil.
Al llegar al piso, se tumbó en el sofá para corregir unas cuantas redacciones hasta la hora de comer. Las primeras que leyó no tenían nada de extraordinario, todo perfectamente previsible, llevaba muchos años con aquellos trabajos y con alumnos de aquellas edades, que siempre parecían los mismos.  Al cabo de unos días de ver sus rostros, tenía la sensación de conocerlos de toda la vida. Sin embargo, empezó a leer una narración que la llenó de desasosiego. Era muy diferente a las otras incluso en el estilo que parecía más cuidado y maduro, decía así:

Los días pasan bajo las sombras de una vida que ya no lo es. Yo cavilo todo el tiempo en la forma de la huida: ensayo una muerte de folletín. Uno de mis lugares favoritos es el cuarto de baño, me encierro en él y miro las cuchillas de afeitar bien afiladas intentando imaginar cómo harían brotar la sangre de mis venas a borbotones. Pruebo posturas distintas y me figuro la reacción de mi madre, de mi padre, cuando me encontraran exánime después de forzar la puerta, alarmados.
También me recreo fabulando una escena aterradora: cuando vamos  a la casa del pueblo,  subo  al desván, me  tumbo en el suelo e imagino cómo quedaría mi cuerpo inerte colgado de una viga con una soga al cuello.
Cuando me quedo sola en casa meto la cabeza dentro del horno y trato de pensar en la sensación que sentiría con la salida del gas acabando con mi vida de la manera – dicen-  más dulce.
Otras veces leo los prospectos de las muchas medicinas que hay en el botiquín de mi casa, sin saber a ciencia cierta qué pastillas serían las más adecuadas, las que me producirían una muerte más rápida y me harían sentir menos dolor.

Me tientan los balcones sobre todo cuando voy a visitar a mis tíos que viven en un séptimo piso,  abro el que tienen en el salón  y me quedo un rato sola con la escusa de fumar un cigarrillo, mientras pienso en la fuerte estampida que se produciría y en mi cuerpo destrozado en medio  de la calle, rodeado de viandantes aterrados y sorprendidos.
Cuando cojo el metro, fantaseo con la posibilidad de arrojarme a las vías, segundos antes de que el tren inicie su marcha y casi puedo sentir el estruendo de la máquina aplastando  mi  persona, los gritos de la gente, el estupor del maquinista y el suceso en primera página de los periódicos locales.
Esa es mi otra vida, la de dentro, la que sólo yo conozco, la que le cuento a usted porque  está de paso y porque tiene usted un no sé qué en la mirada que me hace pensar que quizá pueda comprenderme.

Elia se quedó atónita sin saber exactamente el alcance de aquellas palabras. Cerró los ojos y trató de recordar si sus sinsabores de adolescente le habían llevado alguna vez a frecuentar fantasías semejantes, quizá algún disgusto con sus padres, creía recordar, pero en ningún modo había escrito ni imaginado un tratado sobre el suicidio comparable a aquella espeluznante página. Se quedó muy preocupada todo el fin de semana, no pudo seguir corrigiendo ni concentrarse en nada. Procuró atontarse con algunos estúpidos programas de televisión y paseo por la orilla de la playa bien provista de anorak y botas de agua.
El lunes a las seis de la tarde, Elia llegó al instituto y entró en la clase de Primero A, el curso de Elena, la autora de la pavorosa redacción. Allí estaba como siempre, charlando con sus amigas. Saludaron a la profesora y comenzó la clase con total normalidad. Al terminar, Elia se dirigió a ella:
            -Elena, me gustaría hablar contigo, yo tengo una hora libre…
            -Yo tengo clase de mates –respondió Elena dudosa- pero si quieres le pido permiso a Alejandro.
            -Vale, vamos a donde no nos moleste nadie.
Salieron del instituto y se dirigieron al bar de la esquina, no había mucha gente. Se sentaron a una mesa al lado de la ventana aunque la tarde empezaba a declinar. Pidieron un refresco y cuando tenían los vasos en la mesa, Elia la miró fijamente a los ojos:
            -Bueno –dijo sacando de su bolso la redacción- ¿Esto qué es, eres aficionada a la literatura de terror?
            -No –contestó, bajando la vista- todo lo que he escrito es verdad.
            -¿Estás segura?
-Sí.
-¿Por qué, cariño, cuál es la causa? –preguntó Elia con inquietud creciente en su mirada y un ligero temblor en su voz.
-Es una historia muy larga.
-Bueno, ¿quieres contármela?
-No la sabe nadie.
-¿Quieres contármela a mí?
-Es por mi novio, Dani, me está jodiendo la vida.
-¿Cómo es posible? ¿Qué pasa?
-Al final del curso pasado terminamos, le dejé, me tenía harta desde que empezó a meterse esa mierda por la nariz, le cambió el carácter y no me gustaba la gente con la que empezamos a salir.
-Ya.
-Luego vino el verano, las vacaciones, me fui con mis padres al pueblo y me olvidé de todo. Allí me encontré con Javier, mi amigo de la infancia. Hacía dos años que no lo veía y estaba cambiado, estaba mayor y más guapo, como nunca antes me lo había parecido. Creo que surgió un flechazo entre nosotros. Nos enrollamos enseguida y no nos despegamos en todo el verano. Nos bañábamos en el río, andábamos de fiesta con la pandilla, pero siempre juntos él y yo.
-¿Y qué tiene que ver eso?
-Luego llegó septiembre y Javier se fue con sus padres a Madrid para continuar sus estudios.
-¿Y?
-Yo también volví al instituto. Tenía un poco de miedo de reencontrarme con Dani. Respiré aliviada cuando me dijeron que este año no se había matriculado. Pero la alegría  duró poco porque el mismo día que empezó el curso me estaba esperando con su moto a la salida.
-Ya –continuó Elia- y ¿qué pasó?
-Me dijo que me quería, que no podía vivir sin mí y que tenía que volver con él porque si no, me mataría y después se mataría él.
-Y tú ¿qué hiciste?
-Tenía mucho miedo. Voy con él desde entonces. Sigue con sus mierdas de drogas y, a veces, me obliga a tomarlas a mí. Estoy desesperada. Ha llegado a pegarme cuando le he llevado la contraria. Sólo pienso en morirme y acabar con todo esto de una vez.
-A ver, cariño, necesitas ayuda y no sólo la mía, tienes que hablar con tus padres.
-Eso sí que no, no quiero que se enteren por nada del mundo.
-No puedes seguir así, tienes que dejar a ese chico. ¿Quieres que hable yo con tus padres?
-Te he dicho que no, ellos no pueden enterarse.
Elia se sintió impotente y muy preocupada. No sabía qué hacer. No sabía si podía traicionar la confianza que una niña de dieciséis años había puesto en ella
            -Prométeme que le dejarás y que pedirás ayuda.
            -Sí, te lo prometo. Mañana nos vamos de excursión a la nieve, estaré una semana sin verlo y pensaré. Muchas gracias por escucharme. Me has ayudado mucho, de verdad.

Al día siguiente de la citada conversación, el profesor al que Elia sustituía se presentó en el instituto diciendo que le daban el alta y que en tres días ocuparía su puesto.
Elia no podía irse sin hacer algo por Elena y lo único que se le ocurrió fue confiar su secreto a otra profesora con la que había congeniado en el breve tiempo que duró su trabajo en el instituto. Amparo, que así se llamaba, era médico, daba clases en un ciclo formativo para auxiliares de clínica y, como el instituto era pequeño, conocía a todos los alumnos. Quedaron en que ella estaría pendiente de Elena a su vuelta del viaje y de que trataría de ganarse su confianza para intentar ayudarle.
A las dos semanas de dejar el instituto, Elia encontró una carta en su buzón sin remitente. La abrió y leyó su escueto contenido:

Querida profesora:
Me puse muy triste cuando volví del viaje a la nieve y vi que te habías ido y que yo no había podido ni siquiera despedirme de ti.
Quiero que sepas lo mucho que me has ayudado, nunca nadie me había escuchado como tú lo hiciste. No podré olvidarte en toda mi vida. Te doy las gracias de todo corazón.
Un abrazo muy fuerte
Elena

Y así acabó la historia para Elia, nunca volvió a saber de Elena, pero supuso que en este caso no tener noticias eran buenas noticias.

La isla encantada



Al fin he conseguido papel y lápiz para narrar las extraordinarias circunstancias que me trajeron a este lugar y, de paso revivirlas con la misma intensidad.

Llegué a La Habana una tarde del pasado julio. Me alojé en el Nacional. En cuanto dejé mis pertenencias en el cuarto, salí a perderme en el laberinto de sus callejuelas. El sol azotaba mi piel en la que me parecía una isla encantada. Divisé el Malecón al fondo y  el mar apareció ante mí, como si lo viera por primera vez en mi vida, estriado de azules cobalto, esmeralda, azur y marino y otras tonalidades cuyo nombre desconozco.

Entonces la vi, quieta en un espacio que me pareció el centro del Universo, y se grabó para siempre en mi retina desafiando las leyes del tiempo. Era muy joven, morena, de grandes ojos negros, media melena suelta agitada por el viento y unos labios voluptuosos que tenían el sabor de la canela , según supe luego. Brillaba toda ella como si el sol le brindara uno de sus rayos.

-Busco el número uno -me dijo.

-Pues estás de suerte porque ese soy yo.

-Ja, ja, ja, -rió mostrando sus blanquísimos dientes- quería decir el número uno de la calle.

Su risa acabó de enloquecerme y la vi todos los días sumido en un éxtasis que me conducía ciegamente hacia mi destino.

Un año, ocho meses y veintiún días aguardaré en esta celda y después seguiré esperando pacientemente hasta que ella cumpla los dieciséis.
 




























lunes, 28 de enero de 2013

El final del viaje


Estaba a punto de terminar mi novela cuando me surgió aquel viaje ineludible. No me lo pensé dos veces. Le di las llaves de mi deportivo a Esther, mi mujer, y cargué con la máquina de escribir y unos cuantos folios. Tenía la sensación de que si no soltaba el final que la noche y los sueños me habían revelado lo olvidaría todo y nunca podría concluirla. Le pedí que condujera despacio y fui tecleando todo el camino. Después de cuatrocientos kilómetros conseguí poner la palabra fin. Mis protagonistas encontraban la muerte en una carretera comarcal. Alcé la vista justo a tiempo de  ver el camión que se nos acercaba peligrosamente de frente y di un volantazo certero que despertó a Esther y nos salvó de un aciago destino.  

El secreto del jardín



Irene de Rocamora nació tras estas rejas en los tiempos de la reina Germana de Foix, viuda del “Católico” y virreina de Valencia. El esplendor de esta corte renacentista no parecía ensombrecerse con las crueldades que Germana infligió a sus enemigos políticos. La noble Irene creció en una ciudad alegre y cultivada, prestigiosa y bella, elogiada desde todos los rincones del mundo conocido. Asistió a suntuosas fiestas y aprendió los preceptos de la más delicada cortesía. En su juventud experimentó los placeres de una aventura galante con mucho recato; y cuentan que un joven de la familia Trénor murió en un duelo por defender su honor. Pero solo los muros de su jardín conocen el secreto de sus amores con un morisco que se hacía llamar Ovidio, para ocultar su origen, y que le recitaba hermosos versos en noches de plata y nardos; le hacía el amor con una inmensa dulzura bajo la atenta mirada de su criada Melibea. La historia no acabó en tragedia porque los moriscos fueron expulsados del reino. Dicen que el llanto de Irene, derramado sobre las plantas, embelleció aún más el magnífico vergel.




miércoles, 16 de enero de 2013

Un lance de verano


Aquel mes de agosto hizo un calor bochornoso. Mi presupuesto hacía totalmente inviable cualquier tentativa de alejarme de mi bohemio ático en el corazón de la ciudad. Pasaba los días tirado en la cama, desnudo, leyendo un libro tras otro y haciendo viajes a la ducha y a la nevera por partes iguales. Estaba esta última bien provista de helados y refrescos que arruinaron, en unos días, el perímetro de mi cintura. Por las noches, salía a la fresca, ya cenado, y me sentaba en alguna de las terrazas del Barrio del Carmen en espera de que algún incidente singular diera un giro a mis vacaciones. Después de una semana de infructuosos intentos, entablé conversación con un joven extranjero que resultó ser inglés y pintor de  profesión para más señas. Yo no soy muy dado a abrir mi intimidad a cualquiera pero creo que aquel calor me volvió loco y viví una experiencia prodigiosa de la que nunca me habría creído capaz. Ha pasado el tiempo y sigo siendo como siempre: adorador incondicional de las mujeres, sobre todo si son hermosas e inteligentes. De aquel ángel rubio me queda un retrato al carboncillo en el que estoy muy favorecido y un recuerdo intacto  en  rincones privilegiados de mi casa y mi memoria. 

domingo, 13 de enero de 2013

La vida fuera del tiempo


El tiempo se quedó detenido bajo las ramas de una jacaranda. Sus verdes hojas se mecían al ritmo de una suave brisa otoñal al mismo compás que sus pletóricas flores moradas. El día era ceniciento. Mariana tomó asiento en un banco del parque y dejó pasar las horas con  aire ausente olvidándose  de ellas por completo. Luego llegó la lluvia, una lluvia fina que la roció suavemente sin calarla y ella siguió allí porque no recordaba ni su nombre. Acertó a pasar por el lugar uno de sus vecinos, Andrés, un jubilado que frecuentaba aquel parque y que se quedó extrañado al verla con la mirada perdida y un descuidado aspecto. Se acercó a ella y le preguntó si le sucedía algo. Ella le miró como quien vuelve de un largo viaje sin reconocerlo y le dirigió algunas frases sin sentido. El hombre llamó a una ambulancia y se fue con ella al hospital más cercano. Allí declaró que Mariana vivía sola en el mismo edificio que él, que nunca la había visto en aquel estado, que era una mujer afable aunque solitaria y que hacía un año que se había retirado de su trabajo de maestra en una escuela del barrio. Les habló de una hija que la visitaba con frecuencia pero no pudo decirles cómo localizarla. Entre tanto, Mariana apretaba su mano con delicadeza como si lo hubiera hecho toda la vida y Andrés supo que su existencia acababa de adquirir un nuevo sentido: ayudarle a recordar quién era ella.   

El callejón


Había escrito una historia tétrica aquella tarde. Se desarrollaba en un oscuro callejón con altos arbustos a los lados pertenecientes a las casas vecinas. Mientras lo recorría con gran inquietud, una sombra surgía de entre las ramas y allí encontraba yo la muerte a cuchilladas, sin piedad y exenta de toda lógica. Cuando lo terminé, quedé profundamente insatisfecho y abandoné el relato en un archivo de mi ordenador. Más tarde, cuando la noche cayó como un pesado fardo, un impulso irrefrenable me llevó a deambular por las calles de mi ciudad sin rumbo determinado. De pronto llegué a un lugar que respondía exactamente al que yo había descrito en mi cuento. Preso del pánico, desanduve el camino a toda prisa y no paré hasta dar con mis huesos en un iluminado bar donde unos cuantos tragos y una banda de jazz, me devolvieron la calma.   


Despertar



Lucila se despertó con el amanecer aquella mañana del mes de abril. Cuando abrió el ventanal de su apartamento y salió a la terraza que daba al mar, percibió un extraño fenómeno, al menos era algo completamente nuevo para ella: los primeros rojos del día parecían volver de un encuentro apasionado con los naranjos en flor de los huertos cercanos; un intenso olor a azahar la envolvió. Cuando el sol fue surgiendo del horizonte del agua, parecía una enorme naranja, una fruta prohibida que cegaba al que osaba poner sus ojos en ella. Se sintió alentada con esas intensas sensaciones. Sin embargo, una idea fija rondaba su cabeza desde que se había despertado, un buen rato antes de levantarse de la cama. Se fue al cuarto de baño, cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y, sin dudarlo un instante, sesgó de dos certeros y firmes tajos sus venas eróticas. La muerte de sus fantasías sobrevino con rapidez y Lucila decidió no llevar luto por ellas. Horas más tarde entregó su cuerpo al sol y a la brisa sin reparos...

Un beso bajo el ombú


Sucedió de pronto, sin esperármelo. Nos veíamos todos los días en el trabajo. Conversábamos a menudo a la hora del café. Me caía bien ese chico nuevo, Pablo se llamaba. Tenía los ojos de caramelo y una sonrisa de uvas maduras que decía “cómeme”. Yo era una chica tímida, reservada. El tiempo libre lo pasaba en casa devorando libros o dando paseos por la ciudad cuando el tiempo era bueno. Llevaba siempre un cuaderno encima para escribir todo lo que me venía a la cabeza, era mi forma de no estar sola frente al mundo.
Aquel día fui al Jardín Botánico, me senté en un banco y comencé a escribir su nombre: Pablo, Pablo, Pablo… Lo repetí tres veces sin saber por qué y me quedé mirando el viejo ombú que me daba sombra.
-Hola, ¡qué sorpresa! –dijo una voz familiar a mi espalda. Me volví sobresaltada y allí estaba él, sonriente, con ropa informal y un libro en la mano.
-Hola -me levanté algo nerviosa y avancé mi cara para besar sus mejillas.
Él hizo lo mismo pero hubo una descoordinación en los movimientos y nuestros labios se rozaron levemente. Nos quedamos callados y sorprendidos, nos miramos a los ojos tímidamente. Después no sé qué pasó. Nos abalanzamos con fuerza y nuestros labios se acariciaron suavemente primero; con furia después, hasta quedar exhaustos.
Han pasado los días, las semanas y los años, cincuenta desde aquel primer beso. Hoy el ombú sigue regalándonos su sombra y protegiendo nuestras heladas copas de cava de la mirada de los extraños…

¿Un fallo en el método?




 


 Cristina se apresuró a levantarse de la cama al primer canto del gallo. Su amado René iba a hablarle esa mañana de la importancia de elegir un método adecuado para evitar caer en el error. Le había asegurado, el día anterior, que solo consistía en seguir, eso sí, a rajatabla, cuatro sencillas reglas. Realizó sus abluciones de forma apresurada, se puso un vestido cómodo y  recogió su melena en un sencillo moño. Odiaba los afeites y adornos en su cuerpo gordezuelo y algo contrahecho.
Cuando llegó a la biblioteca encontró a René  desmejorado, estaba sentado junto al fuego y tenía la mirada perdida. Pidió ayuda a sus criados para trasladarlo a su alcoba y tuvo que contentarse con leer los manuscritos del maestro para saber de la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración.
El método, infalible, según René, para hallar la verdad, le falló a Cristina de Suecia para descubrir quién había envenenado con arsénico a su querido filósofo o quizá sí le sirvió y no contenta con las certezas que encontró, enmascaró el enojoso asunto con una muerte por neumonía debida a los rigores del clima. Así acabó sus días Descartes entre los misterios de los muros de un palacio sueco.